No hace falta un castillo envuelto en niebla ni un bosque perdido para que aparezca el miedo. Puede bastar una estación de servicio abandonada, un pueblo donde todos se conocen o un camino rural por el que ya casi nadie pasa. Es ahí, en esos paisajes reconocibles, donde Luciano Lamberti acostumbra a sembrar la inquietud de sus novelas.

Invitado al Festival Internacional de Literatura (FILT), el escritor cordobés vino a encontrarse con lectores y conversar sobre un género que atraviesa uno de sus mejores momentos en la Argentina. Pero, antes que hablar de monstruos o fantasmas, prefirió detenerse en aquello que considera el verdadero punto de partida del terror. Lo cotidiano.

“Para mí, la literatura fantástica tiene que partir siempre de lo familiar para llegar a lo extraño”, explica en diálogo con LA GACETA. No es casual que sus historias transcurran en barrios, rutas o pueblos. Son escenarios que conoce desde la infancia. “Yo nací en una ciudad chica, en el interior, y la diferencia entre campo y ciudad era muy relativa. Siempre estaba la posibilidad de agarrar la bicicleta e irse al campo”, recuerda.

Esa experiencia personal terminó convirtiéndose en una decisión literaria. Mientras buena parte del imaginario clásico del terror recurre a castillos, criptas o bosques oscuros, Lamberti busca inquietar al lector desde espacios mucho más cercanos. “Uno conoce bastante bien una estación de servicio abandonada, pero no un castillo”, resume.

Para el autor, cualquier lugar puede resultar aterrador si está bien narrado. Incluso habla de una suerte de “neogótico” que traslada las reglas del género a paisajes reconocibles del país. “Esto pasa, por ejemplo, en ‘Bajo este sol tremendo’, de Carlos Busqued. Hace calor, hay humedad, hay bichos. Yo creo que cualquier lugar, si uno lo pinta bien, puede ser aterrador.”, dice.

No obstante, el miedo no aparece únicamente por el escenario. También depende de aquello que el lector completa con su propia imaginación. “En la literatura lo que uno tiene que provocar es la sensación de que algo se acerca”, sostiene. Y recurre a una imagen para explicarlo: “Es lo que algunos llaman la literatura de la puerta cerrada. Detrás de ella el lector pone al monstruo y yo, como escritor, lo pinto o lo sugiero de la mejor manera para que cada uno imagine el suyo”.

La conversación deriva entonces hacia una pregunta más amplia: qué puede ofrecer hoy la literatura frente al crecimiento de las series, el cine y las plataformas. Lamberti evita hablar de mensajes o de temas planificados. Cuenta que escribe historias y que recién al terminarlas descubre de qué hablan realmente. “No pienso en términos temáticos. Escribo las ideas que se me ocurren y descubro el tema cuando ya escribí el libro”, afirma. Luego llega el turno del lector: “Siempre son mucho más inteligentes que uno, porque están en otra posición. Están relajados leyendo el libro, mientras uno escribe nervioso y viendo todas las imperfecciones”.

Esa relación entre escritor, texto y lector desemboca en una de las definiciones más contundentes de la charla. “Siempre digo que la literatura está en contra del algoritmo”, afirma. Y enseguida explica por qué: “Una novela puede ir en contra de lo que vos creés, de a quién votás y de tus propias ideas. Y hay que respetar eso”.

Más que transmitir una enseñanza, dice, le interesa contar una historia. “Yo no soy un pastor ni un militante político. Simplemente cuento historias y, a veces, esas historias incluso están en contra de lo que yo pienso”.

Su visita se enmarca en un contexto de festivales y ferias que atraviesan un momento de crecimiento. Después de obtener el Premio Clarín Novela, comenzó a recorrer distintas ciudades del país y descubrió una faceta del oficio que antes tenía menos peso. “Hoy los escritores tenemos que poner el cuerpo. Antes era una profesión mucho más solitaria y ahora implica salir de gira”, señala. Reconoce que esos viajes también tienen una recompensa: “Uno siempre se imagina que está escribiendo para sus amigos y, de pronto, encontrar gente que te lee en otra parte cuesta asimilar pero es hermoso”.

Antes de despedirse, deja una recomendación para quienes quieran empezar a leer terror argentino. Elige “El conserje y la eternidad”, de Ricardo Romero, una novela que define como “original, sangrienta y, al mismo tiempo, filosófica”. Es que como en buena parte de la obra de Lamberti, el horror no necesita esconderse en un lugar insólito. Puede esperar en el edificio de al lado, al costado de una ruta o detrás de una puerta cerrada. Lo demás queda en manos del lector.